¿Cómo saber cuándo hay que limpiar las gafas?

Cuenta la leyenda que aquí servidora con un año se ponía de pie y le decían “ven”, pero no iba. Aseguran que, aunque la criatura tenía fuerza en las piernas, se quedaba agarrada a la pared y no avanzaba. Ni con comida delante haciendo de cebo. “Esto va a ser que la guaja no ve tres en un burro”. Efectivamente. Me llevaron al médico y el diagnóstico fue claro: cegata perdida.

Me operaron siendo casi bebé y me plantaron mis primeras gafas. Metálicas. Bien de alambre. Bien de cristal. Bien de ranciedad. Gracias, señores fabricantes de gafas, por hacer aquellas bellas monturas de abuelo para niños en los años 80. Aquello, sumado al chándal de táctel, era gloria bendita. Ni una foto se salva (de las pocas que tengo, claro, que ya se sabe que al tercer hijo no le hace caso ni dios. Sin rencor, eh. Ningún problema con mis padres por el hecho de que mis hermanos tengan decenas de instantáneas en pañales y yo ni una. Ni una).

El cuadro de mi ‘outfit’ infantil se completaba con una cabeza importante y rizos, que mi madre decidió acompañar de un favorecedor corte de pelo a lo garçon. ¿Resultado? Una niña que se parecía a Quique Camoiras. quique-camoiras-e1544724979571.jpgSí, mi yo de doce meses se parecía al fallecido actor y humorista, pero él a los 60 años. Lo más triste de todo es que fui yo misma quién descubrió tal similitud física y, en un alarde de inteligencia, lo solté en familia. Algún cabrón me sigue llamando así. Y no me parece mal, eh, que viva la libertad de expresión, pero ojalá al que se le ocurra volver a decírmelo en su próxima vida le toque ser escobilla de baño.

Las gafas me acompañaron todos y cada uno de mis días hasta los 14, edad en la que decidí ponerme lentillas. Fail. Resulta que no tengo la córnea lisa y aquellas cosas del diablo me hacían daño. Me provocaban heridas. Literalmente. No obstante, ese no era el único pequeño perjuicio. Se me resecaban tanto que me pasaba el día echándome lágrima artificial y, como consecuencia, la lentilla se iba a tomar por culo, la perdía y podía estar horas estrujándome los ojos hasta que volvía a su sitio. Cristina, en los baños de cualquier sitio, preguntándole a la gente “¿me ves la lentilla? ¿Me ves la lentilla?” era muy habitual. Ah, y con tanto líquido y movimiento ocular me salían unas legañas tamaño pelota de tenis. Pero aún hay más. Casi lo olvido: con lentillas veía lo mismo que un gato de escayola, o sea, nada.

Sin embargo, me la sudaba. Yo quería llevar lentillas. ¿Catorce años, ortodoncia y gafas? Demasiado para una adolescente ansiosa por empezar a ir a la discoteca. Tenía que deshacerme de algo. Los brackets estaban bien pegados al diente, así que les tocó a las gafas. La tontería me duró una década más o menos. No penséis que me preocupaba no ver. Para nada. Lo importante era que me vieran.

Al pasar esos diez años, volví a las lupas. Fue un dulce regreso, gracias a mi amigo Alain. Alain Afflelou, que con el tema del 2 x 1 me provocó. Se me fue tanto de las manos que llegué a tener un cajón solo para gafas y combinaba el color de las monturas con el del modelito del día. Que me creía yo Ana Rosa Quintana, ¿sabes?

Finalmente, controlé la situación, ahora me apaño con las mismas gafas todos los días. Y aquí es a donde quería llegar, pues las llevo puestas siempre e, incluso, en ocasiones, duermo con ellas. Con lo cual, el dilema es: ¿cuándo las limpio? Es complicado encontrar el momento ideal para lavarlas. Coger la camiseta, mirar si es de las que quita bien la roña, sacártela y pasarla por los cristales. Es horrible. O peor aún: tener que buscar un trapillo de esos que vienen con la funda (que está perdida vete a saber dónde), sacarlo, comprobar que no tiene mucha mierda y usarlo. Puf. Aunque hay algo peor: el suplicio de buscar una toallita húmeda, rasgar la bolsita, sacarla, limpiar, relimpiar, aprovechar para sanear la pantalla del móvil y tirar el pañito al cubo de la basura (que seguro que no está cerca). Tedioso. Al final acabas antes llevando los cristales rozando la opacidad. Total, si me pasé de los 14 a los 24 sin ver, ¿qué es eso para mí?

Si ya lo dice el refrán, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

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Os ilustro con fotos de una caminata que hice el otro día desde la playa de Arnao hasta la de Munielles, en Castrillón. Se ve que ese día limpié las gafas y vi este atardecer tan bonito. Es una senda muy fácil que, en realidad, llega hasta el playón de Bayas, pero no conseguí hacerla entera nunca. En esta ocasión se nos hacía de noche, otras veces se nos apareció un chiringuito chulo delante y ya sabemos todos que hay que apoyar a la hostelería, otras que si la abuela fuma. En fin.

Hala, decidme rutas guapas por Asturias si sabéis, que estoy muy andarina y, como ya hice bastantes, me estoy quedando sin ideas. Se agradecen aquellas en las que no haya que morir por ausencia de oxígeno subiendo picos y que, al terminar, tengan chigres cerca. Gracias. Y por haber llegado al final del post, también.

 

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Amancio y yo

Ahora que estoy lejos, en España de nuevo, y que los canadienses no nos oyen, os lo voy a contar. Yo trabajé en Zara.

Al llegar a Vancouver, como os narré, empecé a ganarme los dólares en la oficina de alquiler de material de la estación de esquí de Cypress Mountain. Entre el madrugón, el frío, el sofocón que me causaba no tener ni idea del vocabulario ‘nievil’ en inglés (vale, en español, tampoco), la lluvia, el espeso manto blanco y las horas que me pasé tirada aquel día, al llegar a casa decidí que no volvía. A la mañana siguiente, imprimí 50 currículums y fui a repartirlos por las tiendas. De una salí contratada. Se trataba de Forever 21, una cadena de moda para chica, entre Primark y Zara.

Que conste que yo nunca había mentido en el cv, pero no me quedaba más remedio, así que puse que había trabajado en tropecientas tiendas, de camarera (esto es algo verdad) y que era la reina de la atención al público. Así que imaginad el percal cuando me planté allí. Quería más morir que ver a una clienta venir hacia mí preguntándome algo. Entre que tampoco me sabía la mayoría de nombres de las prendas en la lengua de Shakespeare (diréis que es una pijada, pero, a ver, listos, ¿cómo se dice en inglés, por ejemplo, pichi, tirantes, purpurina, pinzas de depilar, fruncido? ¿Eh, eh?) y que aún no se me había hecho el oído al acento canadiense, me pasaba más tiempo haciéndome la columna que a mis labores.

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Y es que encima me tocó empezar la semana del puto Black Friday. Normalmente allí ni el tato le hacía caso a los nuevos y el descontrol era absoluto, aunque, en concreto, aquel día el despiporre era total. Cuando se calmaron un poco las aguas, empecé a cogerle el truco al asunto. Eso sí, desde aquí os pido que respetéis a las dependientas porque son seres muy puteados. Os parecerá tonto, pero la mayor parte de la jornada consistía en lograr que 150 prendas cupiesen en un espacio diseñado para 30. Me pasaba el turno dándome de hostias con los percheros. Bueno, bueno, bueno, ¡y la hora del cierre! Cada noche parecía que había pasado por allí una manada de elefantes. Todo por el suelo, vasos de café por cada esquina, bolas de polvo… Y de allí no salía ni Cristo hasta que estuviera cada objeto en su lugar.

Todos estábamos allí de paso y, claro, nos la sudaba bastante Forever 21 y toda su familia, por lo que escurríamos el bulto metiendo cosas donde no iban o escondiendo otras en cualquier parte. Si me tocaba hacer el retorno (llevar a su sitio lo de probadores y lo que los clientes dejan desperdigado), ¡era mi perdición! Era capaz de pasarme 40 minutos buscando dónde iba un jersey. En Forever 21 también te podía tocar almacén o poner alarmas. A pesar de que jamás en mi vida me había clavado tantas agujas en los dedos, lo de poner esos chismes antirrobo era lo más gratificante. Me sentía poderosa sacando tanta ropa nueva de las cajas y siempre me tocaba con una brasileña con la que me reía un montón. Me hablaba en portugués porque la pobre de inglés nanay, pero nos echábamos muchas risas. A los 15 días de estar currando allí, la tienda se fue a pique.

Como había llevado tantos currículums por distintos comercios, justo coincidió que me llamaron de Zara. Qué alegría, madre. Qué alegría. Zara. Zara. ¡Zara! Mi Amancio acordándose de mí. Ya me veía saltando del puesto de dependienta al departamento de comunicación y de ahí a la jet set española, codeándome con Marta Ortega en los caballos. Quién me vería a mí apostando en el Hípico en Gijón con los consejos de mi amiga. Millonaria.

El sueño fue bonito mientras duró. Porque una cosa os digo: el señor Ortega tiene el negocio muy, pero que muy bien organizado; sin embargo, el factor humano falla y mucho. Quizás sea porque era un gran establecimiento de una ciudad grande, en el que la mayoría de trabajadores van y vienen, gente demasiado joven al mando o yo qué sé, pero los empleados estaban puteadísimos. Te avisaban del turno el día antes a última hora, te quitaban descansos, te añadían o restaban horas sobre la marcha, faltas de respeto, soberbia innecesaria, compañeros quemadísimos. Quitando al chico que me contrató y otra subencargada, el resto de jefecillas eran unas divas maleducadas que era para darles de comer a parte. Imaginad el percal: tú, con tus 36 tacos, aguantándole chorradas a una chica de veintipocos, súper pintarrajeada y vestida de Lady Gaga. Claro, estás a tomar por saco, empezando en un país nuevo y necesitas el dinero, así que no te queda otra que callarte, pero no sabéis la de veces que me visualicé en plan Ally McBeal. Imaginándome agarrándolas por los pelos y borrándoles las cejas (oh, sí, este tema de dibujarse cejotas se les va de las manos a las americanas). Resumiendo: en Zara había un mal rollo tremendo. Y, para colmo, el descuento del 25 por ciento no te lo daban hasta que llevabas 3 meses. ¡Venga ya!

Entonces, cual milagro de la partición de los mares, me llamaron de una empresa seria y más relacionada con lo mío para hacer una entrevista. Y me cogieron.

Ah, antes de empezar ahí, tuve un breve paso por las cafeterías Tim Hortons (el Starbucks de allí). Tras el proceso de selección en la empresa molona, estaba casi segura de que me iban a escoger a mí, por lo que me fui de Zara, pero, en un ataque de pánico (por si al final me equivocaba y no me llamaban) dejé mi cv en la famosa cadena de café.

Fui un día. No volví.

Me pusieron UNIFORME. Mirad, yo que me vi con un pantalón que me apretaba el culo cual cantante de orquesta -cuyo largo me quedaba por los tobillos-, con la camiseta que me sacaba todas las lorzas, LA RED del pelo y LA VISERA (never, in my life, me he puesto una visera, ¿vale? Odio las viseras. No me fío de la gente con viseras), creí morir. Me acerqué a la jefa y le dije hasta lueguito.

Menos mal que me contrataron en el otro sitio porque el día que transcurrió entre un trabajo y otro fue lo más parecido a una muerte lenta y dolorosa, pero sin morir.

Y nada, allí estuve feliz y contenta hasta hace poco. Se trataba de la principal distribuidora de prensa digital del mundo, PressReader, y solo tengo palabras de agradecimiento hacia ellos. Por la oportunidad profesional, porque valoraron con creces mi esfuerzo, por todo lo que aprendí y porque no me encontré allí ni a una sola persona que quisiera ponerme la zancadilla. Peeeero, en un momento dado, algo me hizo volver a España. De nuevo en Asturias. Vuelta a empezar, nuevos proyectos, la ilusión de lo que está por venir y rodeada de los míos. Sentir la alegría de tu familia y personas cercanas porque estás de regreso, ver el apoyo incondicional de algunos amigos haga lo que haga y, para qué engañarnos, las comilonas que me estoy pegando. Todo eso, por muy manida que suene la expresión, vale más que todo el oro del mundo.

Os ilustro con un par de farturas recientes. Una en Mi Candelita, una arrocería que abrieron en la playa de Bañugues, en el concejo de Gozón. El marco es único; el restaurante, sencillo y bonito; y la comida, muy sabrosa. Tiene un precio medio y los postres están DELICIOSOS. El segundo es Zascandil (antiguo Candil), en Gijón, que ya lleva un tiempo. Yo no sabía de este local y me llevé una gratísima sorpresa yendo a cenar el otro día, a última hora y por casualidad. De esto que entras en un restaurante porque es tarde y temes quedarte sin viandas, y sales encantada.

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Al fondo, Mi Candelita. Se me olvidó hacer la foto de cerca.
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Las vistas desde el lado opuesto de la playa en el que está el restaurante.
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Arroz caldoso de Mi Candelita.
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Arroz negro de Mi Candelita.
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Aceitunas con boquerones de Mi Candelita.
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Postre de chocolate blanco con frutos rojos de Mi Candelita.
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No sé qué con mango… Se nota que mi postre era el otro, ¿no? En Mi Candelita hacen una cosa muy original. En vez de sacarte la carta de postres, ten enseñan una bandeja con todos los que tienen. Claro, imposible resistirse. Enhorabuena al que tuvo esta brillante idea.
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Flamenquines con salsa de ají de Zascandil.
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Y un plato cuyo nombre no recuerdo, también de Zascandil. Es una especie de carpaccio con alcaparras. Ñam.

 
 

De la playa al calabozo

Una cosa que me tiene totalmente descolocada es el calor que estoy pasando en Canadá. Cuando iba a venir, me decían que aquí el frío invernal no era para tanto y que el verano era muy agradable. Obviamente no me lo creía. Vine equipada como para el Polo Norte porque, vamos a ver, a mí que no me vengan con pijadas, esto es casi zona polar. Lo que tienen estos encima, si tiras para arriba de la Tierra, es PUTO HIELO.

Y lo de que el invierno es cálido… venga ya. Dejémoslo en que no es tan jodido como en Montreal, por ejemplo, donde les caen capas de nieve de dos metros, pero calorín no hace. Aunque he de reconocer que yo soy muy friolera y siempre estoy cinco grados por debajo de los demás, os aseguro que Vancouver de noviembre a marzo se asemeja más a Siberia que al Caribe.

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La historia es que no tienen término medio. Pasamos de un grado a finales de febrero a siete a mediados de marzo y, de repente, zasca, 30 a finales de abril. Ahora llevamos semana y pico con una ola de calor que me río yo de los sevillanos. Asunto que se agrava porque esta menda vive en un invernadero. A ver, no, no me he liado con un agricultor que se apiadó de mi indigencia y me hizo un hueco entre los tomates. Es que mi apartamento tiene un ventanal de unos ocho metros de largo en el que da el sol toooda la tarde, especialmente de 2 a 8.30. Cuando vine a ver el piso, el casero me advirtió: “Esta casa es muy bonita, sí, pero en verano te vas a achicharrar, que lo sepas”. “Me vas a asustar tú a mí, acostumbrada al solaco extremeño cada verano. Que sabrás tú de bochorno. Con esta luz me da igual todo. Ni calor, ni calora, flipao, más que flipao”, pensé. Me cayó todo el escupitajo encima, para variar. Y, claro, no me puedo quejar porque el paisano me avisó.

Así las cosas, están las playas, lagos y cualquier zona de esparcimiento vancouverita hasta la bandera de gente. Y, como buena ovejita del rebaño, este finde he optado por entregar mi cuerpo a la arena y el mar. En realidad, solo a la arena porque el agüita tiene muchas algas y no hay cosa que más yuyu me dé. No me llaméis tiquismiquis, todo el mundo sabe que las algas te pueden coger por las piernas, arrastrarte hasta el fondo del océano y provocarte una muerte lenta y dolorosa. (A sabiendas de este pánico, una vez mi hermano D. tuvo la gran idea de meterme en un pozo lleno de ellas en un río. Yo tendría 13 y él 15. Como soy monguer, me convenció de que la experiencia era mágica, que no había nada que temer, ni una alguita ni na, y que él me empujaba lo más fuerte posible para que pudiera tocar el liso fondo con mis piesecitos. Cuando me vi enrollada en aquella maraña de hierbajos blandurrios, juré que me vengaría).

A lo que iba. El viernes, después de la sesión playera en Second Beach, nos fuimos a cenar por Denman Street y, como buenas señoras deportistas, decidimos dar un paseo por English Bay. A la vuelta, decidí que era un buen momento para disfrutar del cigarro de después, sentarme en un tronco y mirar al mar. Vale, en realidad no se veía nada porque aquí pasan de las farolas bastante. Insisto: todo a oscuras.

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Entonces ocurrió. De la nada apareció una pareja de policías. Casi me trago el cigarro. Lo del tabaco aquí no solo está mal visto, sino que la ley lo castiga. Fúmate toda la marihuana que quieras en Canadá, pero cigarros no. Caca.

En un nuevo alarde de practicidad e inteligencia, con los polis a cinco metros, me puse la mano detrás, confiando en que todo fuera un mal sueño y que el marrón se arreglara de la manera más absurda posible. Pero no. No estaba durmiendo.

– Señorita, ¿sabe que está usted fumando y aquí está prohibido fumar?
– Eeeeh, oooh, aaaah. Sí, lo sé.
– Ah, lo sabe y, aún así, ¿está fumando? ¿Y, encima, lo esconde?
– Eeeeeh. ¿Y si lo apago? (No estoy traduciendo. Del estado de shock que tenía, les hablé en español. Cuando me di cuenta, era incapaz de recordar cómo se decía apagar en inglés. Muy Paco Martínez Soria todo).
– Pues son 250 dólares de multa por incumplir la norma…
– Cri-cri. Cri-cri. Cri-cri. (En mi mente).

Ahí entré en trance. Y mi amiga X., en pánico, porque estaba entendiendo que el sablazo se lo iban a meter a ella también por estar conmigo. De fondo, yo la oía: “I never smoke, I never smoke”. Mientras, yo, que había entendido que eran solo 25,5 dólares ya iba pensando en sacar la tarjeta de crédito para pagar allí mismo. Feliz, en mi mundo.

Menos mal que me enteré más tarde de la cifra porque, de haberlo pillado en el momento, habría entrado en crisis respiratoria.

En fin. Seguimos un rato haciéndonos las guiris zorolas y funcionó:

– Chicas, vamos a dejar esto en un aviso, ¿de acuerdo? Yo no te pongo la multa y tú no vuelves a fumar en la playa.

Nos fuimos con las patitas temblando. Lógicamente ahora no me atrevo a echar un cigarro en ningún sitio y veo policía por todos lados. Y sí, tenéis razón, esto debe de ser una señal para que deje de fumar. Estamos trabajando en ello

P.D.: Os dejo algunas fotos de estos días por el centro de Vancouver, la playa, de la semana pasada en otra fiesta en un barco y de un sábado que pasé en un lago en Golden Ears Park.

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Vancouver y los vancouveritas

Ayer iba en el bus al trabajo, con mis cascos puestos escuchando a Nil Moliner, cuando observé que el autobusero hacía una parada y no volvía a arrancar rápido. Entonces me percaté de que se dirigía a algún pasajero y nadie le hacía caso. Me quité la música para cotillear y me di cuenta ¡de que me hablaba a mí! ¡Estaba preguntándome que si no me tocaba levantar el culo! En un alarde de lógica, me quedé mirándole y comencé a decir ¡hostia, hostia, hostia! Y salí bufando. No le di ni las gracias. Pensaba hacerlo hoy, pero apareció otro. Tenéis que entender mi estado de shock: no es la primera vez que se me va la pinza yendo a trabajar. Antes, cuando vivía en otra parte de Vancouver, acabé dos veces en el aeropuerto (tenía que coger una línea de tren que se bifurcaba poco después de mi estación y de ahí el percance) y en otra ocasión me pasé unas cinco paradas. Chicos, qué queréis que le haga. Esos 45 minutos de camino al tajo me sirven para desconectar, guasapear con España (es por la tarde allí y la gente me hace caso) y, sobre todo, para dar rienda suelta a mi imaginación y relajarme hasta el punto de no recordar a dónde voy. Bueno, vale, también me sirven para mosquearme por los olores del personal. Os explico: como no veo tres en un burro (3 en el derecho y 3,5 de hipermetropía en el izquierdo), tengo la teoría de que poseo un olfato más desarrollado de lo normal. Lo que viene a ser que detecto si has cenado ajo la noche anterior. Y me da puto asco olerte a las 8 de la mañana. Y, si se me aparece un ser de esos de los que se pasa el jabón por el alerón con poca frecuencia, me provoca instintos asesinos. Por no hablar de los hedores bucales que se gastan algunos. Bah. Pequeñas manías.

Pero no te creas que estoy tan pirada. Esta mega nariz a veces viene bien. Como cuando, por ejemplo, mi madre casi incendió la casa poniendo incienso en un tiesto CON TIERRA DE MENTIRA, ardió todo el chisme (no hablo de una macetita de barro, no, hablo de una señora maceta DE PLÁSTICO de metro y algo de largo) y yo olisquée el humo a tiempo. O cuando, siendo becaria de comunicación en la Caja de Ahorros de Asturias, detecté una rotura de cañerías cinco pisos más abajo. Qué habría sido de mi hogar y de ese banco sin mí, eh, eh.

A lo que iba. Que en este país los autobuseros son majísimos. El de ayer, con el que creo que solo había coincidido tres veces, me tenía fichada y me avisó para echarme del coche. Alucinante, ¿no? Y hay otra que A CADA PASAJERO que entra le saluda y, al bajarse, le grita ¡que tengas un buen día! Vale, a decir verdad, esa me estresa un pelín. Me asusta con sus alaridos.

Aunque, como siempre tiene que haber la excepción que confirma la regla, hace un tiempo me topé con un conductor malhumorado. Fue cuando vino a verme mi prima C. y decidimos ir a un parque natural llamado Lynn Canyon. Teníamos que coger tropecientos enlaces para llegar, pero, como Google Maps es dios, nos limitamos a subir y bajar de autocares guiándonos por los números que indicaba. Cuando ya se suponía que debíamos haber llegado al destino y no estábamos ni siquiera inquietas, sino felices como perdices, risa va, risa viene, aquel individuo maligno sospechó de nosotras, nos hizo dudar y, al descubrir nuestra caraja y comprobar que no teníamos ni puta idea de dónde estábamos, nos echó la bronca del siglo por no mirar bien a dónde nos dirigíamos. Tenía razón, pero, joder, un poco de cariño, que somos guiris.

Y, ya que estoy generalizando sobre la amabilidad (o no) de los señores y señoras que manejan el transporte vancouverita, sigamos con algunas de las características que he notado -a grandes rasgos y sacando un poco de quicio las cosas- sobre los habitantes de esta ciudad:

1. Son muy educados. Extremadamente educados. Y mola, sí. Pero esa excesiva educación tiene un límite. De ahí no puedes pasar. Eso es algo que al principio me descolocaba un montón. Porque un canadiense puede ser el humano más amable que te has encontrado en tu vida en el trabajo, por la calle, en el supermercado, pero no intentes nada más porque no te va a dar cancha.

2. No les funciona el termostato. En pleno invierno, lloviendo o nevando, VAN CON CHANCLAS y pantalón corto. Tú sales un viernes de enero por la tarde a tomar algo con tu abrigo calentito, tus calcetines gordos, tus leotardos bajo la ropa, tus botas de pelo por dentro, tu camiseta térmica, tu camiseta interior, tu otra camiseta, tu jersey, tu otro jersey, tu bufanda, tus guantes y, de repente, te topas a una moza en camisa escotada, americana y zapatos SIN MEDIAS. Ah, y cuando empieza el calor van casi en pelotas. Hace un mes subían mucho las temperaturas por el día, pero a las 8 de la mañana había siete simpáticos grados. Pues bien, os juro que la gente a esa hora ya iba en tirantes. Y sin chaquetilla por si refresca. Me lo expliquen.

3. Son muy tranquilos conduciendo. Salvo algún loco, no pitan, no adelantan sin necesidad, usan los intermitentes. Y, si te da por marcarte un cruce de calle al estilo español -sin paso de cebra, ni hostias- y aparece un coche, va… y para. ¡Y no te insulta! Muy loco todo.

4. Todo -o casi- está limpio. No tiran cosas al suelo. ¡Y que no se te ocurra lanzar el kleenex entre los matorrales después de cambiarle el agua al canario cuando vas de ruta por la montaña! Te sacudes las gotitas y, hala, a seguir caminando. Y, por cierto, casi no fuman y miran a los fumadores como a apestados. Bueno, aclaro: no fuman tabaco, pero esto es el paraíso de la marihuana. Hay dispensarios, supuestamente, médicos, pero aquí el personal se lo agencia y en todas partes huele a la hierbecita.

5. Vancouver tiene una sociedad muy, muy, muy multicutural. Aquí hay gente de todas partes, sobre todo, asiáticos, descendientes de europeos, hindúes, numerosos iberoamericanos y algún que otro español, italiano, alemán, francés, neozelandés e irlandés perdidos.

6. Comen tempranísimo. A las 12 de la mañana los tienes con el almuerzo y a las seis están cenando. La verdad que alguna vez lo hago y a mi estomágo de abuelete de 90 años le sienta genial.

7. Viven muy de cara al mar. Les encanta la playa, los paseos marítimos, los barcos y todo el entorno costero está impecable, bien aprovechado y disfrutado.

8. Les gusta hacer colas y las respetan. Es muy habitual ver hileras larguísimas para entrar en los restaurantes y discotecas. Hace unas semanas me propuse entrar a un bar, pero había unas 50 personas esperando, a pesar de que estaba medio vacío. Yo creo que es para dárselas de sobraos y dar así más prestigio al sitio.

En fin, al final aquella noche pasé de entrar al local y me fui para casita, desde donde os escribo ahora estas líneas y aclaro que esta es mi opinión, sesgada y desde la ironía. Que nadie se me ofenda y, si alguien se ofusca, cuando quiera, nos partimos la cara. No, en serio, no es mi intención faltar a nadie.

Ilustro el post con algunas fotos de la fiesta que organizó la semana pasada mi empresa en un barco ¡para dar la bienvenida al verano! Sí, parece de película, ¿verdad? Alcohol, comida y barquichuelo pagado por tus jefes para que te pases el día rascando la barriga en vez de ir a la oficina. Estas cosas ocurren. (No sale nadie en ellas y son más bien de lo que se veía desde la embarcación porque no es plan de colgar imágenes sin el conocimiento de los implicados, pero os juro que había gente. ¡Y que incluso me hablan!).

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Enjoy the weekend, guys! 

Una asturiana muere atacada por un oso en Canadá

Lo típico, un colega te dice que si te apetece ir el domingo de ruta de montaña, aceptas y al chavalín se le olvida comentarte un pequeño detalle: que en el lugar al que vamos hay osos negros. Así que, cuando estábamos llegando al punto de partida y una de las personas que iba en el coche gritó “¡un oso!” y los demás se bajaron raudos a verlo -mientras este campaba a sus anchas a la vera de la carretera-, los seguí. ¿A dónde vas, Vicente? A donde va la gente.

Espero que nunca nadie me diga “tírate de este campanario” mientras estoy en unos de mis momentos de evasión mental.

Pues eso, que me pillaron despistada y era la primera vez que veía a un plantígrado en libertad tan cerca (había visto a Paca, Tola y Furaco en el cercado de Santo Adriano en Asturias y a los del parque de Cabárceno en Cantabria y tal, pero, claro, no es lo mismo). Como algunos sabéis, mi agilidad física es impagable, por lo tanto, qué mejor que arriesgar mi vida ante un animal salvaje. Resumiendo, que cuando fui consciente de lo que estaba haciendo ya estaba a unos metros del peluchín aquel. Y había que grabarlo. No vaya a ser que nadie crea que viste un oso.

Entonces, cuando miraba a través de la pantalla del móvil, perdí de vista a aquel ser vivo sobre cuyo comportamiento poseo un profundo analfabetismo. Giré la cabeza, vi a una amiga aligerar el paso extrañamente y me dije “hala. Se acabó Cris. Estás a punto de morir. Mira, vas a salir en todos los periódicos españoles. Una asturiana muere atacada por un oso en Canadá. Quién te lo iba a decir”. Entré en pánico y eché a correr hacia el coche, creyendo que aquella fiera galopaba hacia mí.

Correr es lo único que no debes hacer cuando te enfrentas a un oso. Me enteré después.

Una cosina de estas puede pesar entre 40 y 275 kilos. Wikipedia dixit.

Dentro del vehículo, ya valiente, miré hacia atrás y vi que no ocurría nada. Que los demás seguían allí tan tranquilos y que la bestiecilla estaba comiendo hierba, a lo suyo, siguiendo el camino que le marcaban las vías del tren. Pero el terror ya había invadido mi ser.

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Para qué queremos más. Ponte a caminar por una ruta a pocos kilómetros de donde acabas de ver a un oso negro. Que sí, que come hierba en un 75 por ciento, pero también es carnívoro y seguro que le chifla comer humano. Qué día. Qué día pasé, señor. En cada sombra, en cada esquina, en cada piedra oscura, en cada hueco de árbol, en cada vuelo de pájaro a ras de suelo yo veía a un oso viniendo a merendarme. Llevábamos dos sprays anti-oso, pero no sé… a mí me da que me aparece uno delante y lo último que acierto es a darle al botón para que salga el mejunje ahuyentador. Por no hablar de que antes de accionarlo tienes que fijarte para dónde va el aire, no vaya a ser que te eches la movida en todo tu gepeto y el oso se pegue un banquete contigo inconsciente. Bueno, ahora que lo pienso, quizá no es tan mala idea.

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En realidad, me da igual. Porque desde ese día sé a ciencia cierta que, si un día me topo con un oso, moriré de un infarto. Lo sé porque mi colega P. se pasó el día dándome sustos y en varias ocasiones me lo creí. Y ya sé qué se siente cuando crees que tienes al lado a un animal como ese: te da un escalofrío profundo en el pecho, se te abre el esternón y, a continuación, te cae el corazón al suelo.

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En las orillas del Lago Cheakamus, por donde estuvimos de ruta, se puede acampar previo pago. Qué cuqui, eh. Como en las pelis. El churri, la hoguerita, la musiquilla romántica de fondo…
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Pero ¿quién es el valiente que acampa sabiendo de las posibles visitas osiles? Yo creo que paso. (Este palito de la foto es la forma que tienen de controlar al personal. Compras la entrada por internet, la imprimes y la cuelgas ahí).

Terminamos la ruta sanos y salvos. Entonces alguien nos dijo que estábamos cerca de una carretera en la que estos seres vivos se dejaban ver, y mucho. Así que allá fuimos. Ver el cartel que avisa de que no te bajes del coche ni en broma acojona un pelín.

Yo estaba convencida de que lo que nos habían asegurado era la típica leyenda para turistas y que no íbamos a ver ni uno más. ¡Y vimos otros tres! Uno, además, muy cerca. La verdad que son preciosos. Me sentí tan suertuda de estar viviendo aquello. La vida es tan jodidamente enrevesada, eh. Te puede regalar momentos taaaan mágicos como este y otras veces te hace putadas. Pero compensa.

Claro que compensa. Porque, aunque estos seis meses aquí a veces fueron duros, también viví situaciones que jamás habrían sucedido de no haberme liado la manta a la cabeza. Aunque conocí a alguna que otra persona pa vomitarle en la cara, no tiene comparación con la cantidad de gente buena y dispuesta a ayudar que me he encontrado.

Acompaño la entrada con fotos de los osos que casi me llevan al más allá y de un viaje que hice hace un mes a Seattle con mi prima C., que vino a verme a Vancouver y aprovechamos para bajar a Estados Unidos. No es que sea la ciudad más bonita del mundo (y, para más inri, nos llovió, que debe de ser lo que sucede allí el 90 por ciento del tiempo, así que no sé por qué nos quejamos), pero merece la pena pasarse si estás cerca. Tienen un museo de la cultura pop diseñado por el arquitecto Frank Gehry (el mismo del Guggenheim -de hecho, la construcción se parece muchísimo-, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2014, por cierto) que es canela en rama para los frikis, un puerto pintoresco y lo que a mí me fascinó: un museo de la aviación.

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Museo de la aviación de Seattle.
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Museo de la aviación de Seattle.
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Museo de la aviación de Seattle.
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Museo de la cultura pop de Seattle.
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Museo de la cultura pop de Seattle.
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Museo de la cultura pop de Seattle.
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Museo de la cultura pop de Seattle.
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Seattle.
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Seattle.
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Seattle.
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Seattle.

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Seattle. Sí. Son chicles. Puag.
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Seattle. Pay attention a la guarradita que nos metimos pal cuerpo: ostra bañada en cerveza, zumo de limón y tabasco. Pues, oye, estaba buenísima.
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Seattle.

Una cosa que no debes hacer con las lentejas y no lo sabías

Unos días antes de Nochevieja, en la típica conversación sobre las costumbres de cada país en las fechas navideñas, me contaron mis compañeros de piso colombianos que ellos esa noche salían a dar una vuelta a la manzana cargados de maletas, para que el año nuevo les trajera viajes y, además, como ‘método’ para atraer la fortuna, pasaban de un año a otro con los bolsillos cargados de lentejas.

Lo de las maletas no lo vi viable porque iba a pasar esa fiesta en casa ajena (y desconocida… y en ruinas), pero lo de las lentejas lo vi tan al alcance de la mano que me puse súper plasta para convencer a mis amigos X y P -con los que iba a pasar la Nochevieja- de que teníamos que llevar lentejas en los bolsillos. Y así lo hicimos los tres. Al día siguiente P y yo, con el resacón mediante, cogimos las legumbres y las tiramos a la basura, mientras X decidía guardarlas, al tiempo que nos animaba a hacer lo mismo y nosotros decidíamos ignorarla.

Nunca lo hagáis, chicos. Nunca ignoréis a una persona que os dice que no tiréis lentejas a la basura. A partir de ese momento comenzaron las desgracias para P y para mí. Las de él no os las voy a contar porque es su intimidad y tal, pero las mías allá van. Aún a sabiendas de que mi dignidad va a quedar a la altura del betún.

Las putas lentejas pasaron a mejor vida el 1 de enero. El día 2 esta menda estaba en el hospital. Tuve una inflamación en un lugar de mi cuerpo que no voy a mencionar y que dejo que imaginéis. Pero sí. Ese. Así que me fui a urgencias y, después de horas de papeleo porque yo aún no tenía sanidad canadiense y era pleno invierno, por lo que había miles de niños y viejinos griposos, pasé a un box. Poneos en situación: tienes una cosa que no sabes cómo explicar, en un idioma que no es el tuyo, en una parte de tu cuerpo que no quieres enseñar, en un país en el que llevas un mes y medio y con un sistema sanitario del que no tienes ni idea de cómo funciona. Y viene un médico y se lo enseñas. Y luego otro. Después, uno más. Enfermero, celador, anestesista y demás familia. Todos mirando el asunto.

Al final decidieron intervenirme con sedación, por lo que tuve que llamar a mi amiga X porque, como iba a salir drogada, necesitaba ayuda para volver a casa. En cuanto llegó al hospital me echó la bronca por haber tirado las lentejas.

Poco después me sedaron y empezó el espectáculo. Antes de que me metieran aquel chute, yo me había fijado en que el médico residente tenía un viaje de aquí a Albacete (que conste que estoy en Vancouver y hay muchos más kilómetros). Era afgano, morenazo, guapo. Demasiado joven, eso sí. Lo típico que piensas “qué putada conocer a este chavalín siendo yo tan mayor para él, postrada en una cama de hospital y a punto de dar a luz a un gremlin“.

Pues bien. Creo que me declaré cuando despertaba de la intervención. Al abrir los ojos, el chico ni me miraba a la cara, avergonzado. Y el resto del equipo médico reía a carcajadas. Yo no recuerdo qué les decía, solo sé que me sentía la puta ama de la fiesta, que todos eran mis mejores amigos y que me apetecía un copazo de ron con cola. No me percaté ni de que el gremlin ya había nacido.

A lo lejos, X visualizaba la escena, de pie, esperando en la zona de acompañantes. Estaba al teléfono y, según cuenta, al ver el jaleo creyó que no podía tratarse de mí, ya que se oía a una loca hablando en inglés muy alto y yo no tenía esa soltura con la lengua de Shakespeare ni borracha. Y estaba en lo cierto en lo primero: no tengo esa destreza con el inglés; pero jumada hasta las trancas, que era como me sentía, sí. Cuando se percató de que la show woman era yo, se acercó y una enfermera, al verla, le ofreció una silla y le dijo: “Toma, siéntate y disfruta”.

Yo no sé muy bien las barbaridades que salieron por mi boquita, ni quiero saberlas nunca, pero imaginad el colocón que hasta me creí que estaba ligando con el de Afganistán. Os lo juro. Estaba despatarrada, vestida con un glamouroso camisón de hospital, con el pelo grasiento, con la cara blanca… Y a mí me parecía que aquel niño me hacía ojitos. Eso sí, no era amor, solo era obsesión. Yo me lo quería trajinar, pero para una noche solo; después me parecía el hombre perfecto para casarlo con mi prima pequeña. Todo esto lo proclamé a los cuatro vientos.

El estado de éxtasis y las ganas de irme a partir la pana se fueron desvaneciendo a la vez que se pasaba el efecto de la sedación y me iba percatando de que había soltado un pastizal para que me operaran. Porque, señoras y señores, cual filme de Hollywood, tuve que pagar varios miles de dólares porque entonces no tenía derecho a sanidad pública (aquí sí hay tarjeta sanitaria para todos, no como en Estados Unidos, pero yo aún no la tenía porque necesitas llevar tres meses en Canadá para solicitarla). La verdad que no me preocupé mucho porque había contratado un seguro médico privado en España de Europ Assistance, con una marca llamada Chapka de intermediaria, que me había prometido fidelidad eterna cuando le solté el dinero que costaba la póliza. Fue bonito mientras duró el amor.

Después de tres meses mareándome me acaban de decir que no me van a reembolsar nada porque lo dicen ellos. No voy a entrar aquí en detalles que no os interesan, pero la historia se resume en que hay que leer la letra pequeña de los contratos, queridos. Se han reído de mí en la cara (con faltas de respeto, mentiras y excusas para alargar el proceso en el tiempo; en resumen, una fiesta de la profesionalidad y la consideración hacia personas que se van a otro país a buscarse la vida con una mano delante y otra detrás). Tienen una cláusula que señala que se reservan el derecho a no pagarte por el motivo que ellos consideren. Sé que es complicado porque estoy descubriendo un montón de afectados a los que Europ Assitance, a través de Chapka, debe dinero y llevan así mucho tiempo, pero me han aconsejado tirar de abogado, así que allá voy. Si sabéis de alguno bueno, bonito y barato y que sepa de estos temas, os estaré eternamente agradecida y, si se arregla, ¡os regalo un jamón!steveston-richmond-vancouver

Y nada, que no os preocupéis. Que yo estoy bien. No volví a tener problemas de salud y esto, aunque me afectó económicamente, se ha quedado en una anécdota más de las tantas que me han ocurrido aquí. He tardado tanto en escribir en el blog precisamente porque no encontraba momento para resumir y plasmar ideas, pero todo va viento en popa. Me mudé a un apartamento sola y llevo dos meses en una empresa seria en la que todo es tan guay que a veces pienso que en cualquier momento aparece alguien a decirme “¡que era broma! ¡a la puta calle!”.

En fin, lo de cómo abandoné a Amancio (ouh, yeah, trabajé para el imperio) y me convertí, por primera vez en mi trayectoria profesional, en una trabajadora con horario de persona normal (siempre había trabajado en medios de comunicación y eso allí no existe), os lo cuento en otra ocasión.

P.D.: No hay fotos del Gremlin, así que ilustro este relato hospitalario con fotos de una excursión a Steveston, un pueblo de pescadores ubicado al sur de Vancouver, cerca de Richmond. Era precioso, aunque me pasó lo que me suele suceder aquí cuando conozco diferentes lugares: siento que es un decorado de cine. Es todo tan cuqui, tan limpio, tan ordenado, la gente no arma bullicio, no tira cosas al suelo, nadie llama la atención sobre los demás. Como si estuvieras en una peli de esas sin pretensiones de Antena 3 o Telecinco un domingo después de comer, en las que todo es bonito, pero nada desentona. Creo que echo de menos lo asilvestrado de la gente en España.

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De lavadoras, comida picante y cómo arruinarse en Canadá

Hacer la compra en Canadá es carísimo. Siento que cada vez que voy al supermercado se me hacen agujeros en los bolsillos y voy perdiendo dinero a puñaos. Bueno, en realidad eso aquí es casi imposible porque todo se paga con tarjeta y la gente apenas lleva calderilla. Pero, como si de una conspiración contra el humano se tratara, a la lavadora hay que meterle monedas. Chúpate esa.

Muchas casas aquí no tienen esa bendita maquinita y suele haber una lavandería comunitaria que funciona cual pinball. Manda güevos: el café lo pagas con tarjeta y a la lavadora hay que meterle monedas. En mi hogar actual hay lo que aquí llaman laundry (una lavadora con una secadora encima), pero en el anterior no, así que, dado mi carácter previsor, imaginad el percal: continuamente obsesionada por conseguir monedas de dos dólares.

Lavandería de un edificio de Vancouver.
Secadora y lavadora en mi primer hogar canadiense.

A lo que iba. Ir al supermercado es un dolor. Me paso horas buscando siempre la opción más barata y, aún así, se me parte el corazón cada vez que tengo que pagar. Y no os cuento lo que duele tomarse una copa de vino. La más barata son unos 9 dólares canadienses (casi 6 euros), por lo que, claro, al final casi te compensa pedirte la botella entera (veintipico).

 

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Antes de que nadie me acuse de quejica, que conste que no estoy criticando Canadá. Solo son ‘pequeñas observaciones’. También tienen cosas fabulosas. Por ejemplo, algo increíble aquí (y de lo que os hablé por encima) es la comida asiática. Platos vietnamitas, coreanos, chinos, japoneses, mongoles, al alcance del paladar. Además no suele ser caro. Eso sí, advertencia, si pone que pica, no es que dé un pelín de calor en la lengua, noooooo, es que vas a flipar. A mí me chifla el picante. Tanto que, a pesar de tener una simpática hernia de hiato que baila sevillanas cada vez que me paso, no puedo evitar tirarme a las cosas que lo llevan.

 

Incluso trato de engañar a los amigos y familiares que lo odian diciéndoles que algo no pica para disfrutarlo yo. No lo haré más. Ahora entiendo su sufrimiento. El otro día me zampé un sobre de noodles que dejó la anterior inquila de mi habitación (ya, ya… ni la conocí, lo mismo podía haber dejado antrax que sopa, pero, oye, como estaba sin caducar, pal buche). Cogí uno que decía spicy. Ahí, con un par. Podría haber optado por no echar el sobre de polvos y echar solo la pasta de caldo. Pero noooooo. Todo a la olla. Viviendo al límite.

 

Me caían los mocos. Me lloraban los ojos. No fui capaz de distinguir a qué sabían aquellos fideos. Finalmente, tuve que ceder y dejarlos.

“Sarna con gusto no pica”, diría mi señora madre. Porque ya van tres veces que veo las estrellas pidiendo sushi spicy tuna. La primera fue por pardilla; la segunda, por si era que los de la otra vez habían echado el bote entero de tabasco sin querer; pero ¿la tercera? ¿Por qué, Cris, por qué?

Por no hablar del día que en el supermercado encontré pimentón de La Vera (Extremadura). Mi padre es de Cáceres y todo lo relacionado con aquella tierra es amor, así que me lancé a por el frasco como fashion victim al Zara el primer día de rebajas. Entonces leí que, en la escala de picante, tenía tres pimientos (1 pimiento = pica un pelín; 2 pimientos = al loro, que hace un poco de pupa; 3 pimientos = prepárate para morir). Pa’ la saca.

En casa me preparé un bacalao al ajoarriero* y, de la emoción, sacudí bien el pimentón. Pero bien, bien. Vamos, que se me fue la mano y me cayó medio envase a la sartén.

¿Alguna vez comisteis sosa cáustica? Pues yo creo que la sensación debe de ser esa.

 

 

* No conozco bien la receta del ajoarriego, pero la de mi mamá consiste en bacalao cocido con un refrito de ajo y pimentón por encima. Creo que en realidad no es así, pero esta manera de prepaparlo es muy fácil y está de chuparse los dedos.